domingo, 31 de octubre de 2010

El Perro

La siguiente publicación es un relato veridico de parte de un usuario de los foros Atomix, Si llegas a ver esto Destroyman, espero entiendas que me agandallé tu historia con todo respeto solo para publicarla, no para perjudicar y/o lucrar de tu persona.

Disfruten....

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Aclaro para esto que tengo una profesión, con un grado de maestría incluso. Siempre me he guiado por la ciencia y el raciocinio, pero lo que traigo adentro me obliga a pensar que existen cosas más allá de la explicación de la ciencia, que competen a otras esferas y que quizás los humanos, nunca logremos desentrañar. Me importa un reverendo pepino si creen o no en lo que relataré, pues yo sé que ha sido verdad y por lo tanto sólo a mi me compete juzgar.

No tengo intensión de ganar reputación por la historia pues sinceramente a mi ese tipo de cosas me tienen sin cuidado; es probable que me extienda por varios post, ustedes sean pacientes. Ahí les voy:

Todo comenzó por el año de 1997, aproximadamente. En ese entonces contaba con alrededor de 17 o 18 años; estudiaba la preparatoria y todos los sábados asistía a entrenamientos de basquetbol, mientras que los domingos me las pasaba tumbado en la cama panza arriba y viendo el fútbol. Mi vida social transcurría con una palomilla de amigos que vivían en el mismo municipio que yo – en el Estado de México, y muy cerca del Distrito Federal –, pero en un barrio distinto al mio. Todos ellos vivían en el barrio San José, por lo mismo, para reunirme con ellos en fiestas y jolgorios tenía que desplazarme desde San Javier, mi barrio, hasta el suyo, a unos 15 o 20 minutos caminando.

Con esta gavilla de sujetos me aficioné mucho al consumo del alcohol y a las parrandas, por lo cual se me hizo muy común trasnochar en los fines de semana en su compañía. Para no tener que regresar a casa a plena madrugada, era común que alguno de ellos me diera asilo en su casa y que regresara a casa hasta el otro día. Sin embargo, hubo algunas ocasiones en que, ya sea por tener que levantarme para la escuela temprano o por alguna otra cosa, me enfrentaba a la necesidad de regresar a casa a elevadas horas de la noche; no está de más decir que el municipio donde vivo no es precisamente muy seguro, y que en esos tiempo no tenía carro, así que regresaba caminando.

Fue en uno de esos suicidas regresos a casa cuando lo vi por primera vez. Aclaro que si bien aquel día había estado ingiriendo alcohol, mi estado de lucidez era normal y estaba perfectamente al tanto de lo que ocurría a mi alrededor. Iba caminando por las calles solitarias sin gran contratiempo, cuando al doblar una esquina me percaté que a la mitad de la calle había una banda de pandilleros. Los pandilleros estaban apostados platicando entre el zaguán de una casa y algunos autos estacionados; si quería llegar a casa, tenía que pasar entre ellos o bien darles un rodeo por la acera contraria.

Las guerras de pandilleros con cadenas, tubos, palos y bates eran frecuentes en mi municipio en aquellos días, así que la idea de pasar entre ellos no me hizo gracia; a pesar de ello me armé de valor y seguí caminando; ellos ya me habían visto y volteaban insistentemente a ver quien se acercaba. Al aproximarme a la pandilla iba midiendo el momento justo de bajarme de la acera para pasarme a la contraria y tratar de seguir mi camino, pero cuando iba a hacerlo sorpresivamente se abrieron en dos filas y me permitieron pasar tranquilamente entre ellos, aquel breve instante me pareció eterno. Sin embargo, me percaté que todos se habían quedado callados, y que me miraban con cierta consideración; por algunas de su miradas, supe que detrás mío iba también algo que no esperaban y que les sacó de balance.

Apenas dejé atrás al grupo de malvivientes me percaté de sus pisadas detrás de mi, escuché ese pequeño rumor, ese ligero sonido de chancleta mojada sobre el piso que hacen las patas de perro al caminar sobre el concreto, pero no me atreví a voltear hasta que avancé unos cincuenta metros más. Me dí la vuelta para ver que era aquello que me seguía, y mi sorpresa fue mayúscula al contemplar parado frente a mi a un perro enorme, de proporciones hercúleas y de pelo amarillento o dorado, jadeaba sacando la lengua y salivando como hacen los grandes canes, y su enorme complexión imponía el respeto que me permitió pasar entre los pandilleros sin que estos hicieran ningún aspaviento. La impresión fue grande, pero el animal me arrojó una mirada tranquila que denotaba que no tenía ninguna intensión de atacarme; sus enormes ojos estaban llenos de aquella dulce mezcla de melancolía y nobleza que demuestran los perros con sus amos. Una vez recobrado del susto, proseguí mi camino hasta casa con el animal atrás, escuchando solamente su constante jadeo y el murmullo de sus patas sobre el suelo; cuando llegué a casa y abrí el zaguán, volteé para dar una última mirada a mi acompañante fortuito, ya no estaba.


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Mi segundo encuentro con él también fue en un regreso a casa a altas horas de la noche. Regresaba por una nueva ruta pensada por mi para evitar el contacto con pandillas y banditas que asolaban las colonias de mi pueblo, así que iba muy confiado de mi suerte por una callejuela obscura cuando percibí una presencia al final de la calle. Nuevamente, como no hay poder que me arroje para atrás en circunstancias adversas, seguí caminando con la esperanza de que quien estaba al otro extremo de la calle fuese un simple borracho trasnochero.

Cuando estuve a corta distancia del sujeto, pude percatarme de que se trataba de alguien alto, algo enjuto pero fornido por lo marcado de los músculos que dejaba entrever con su camiseta mamey – ya saben, esas de tirantes que usan los mamilas de los gimnasios –; aparte de ello, el sujeto se balanceaba y caminaba en vivoritas haciendo evidente que se encontraba bajo el influjo del alcohol o alguna otra cosa peor.

Cuando me acerqué lo suficiente él subió la mirada, y al mismo tiempo esbozó una sonrisita macabra y maliciosa. ¡Ya me chin.gue! Fue mi primer pensamiento. El sujeto dirigió su mano a la bolsa y extrajo algo mientras se encaminaba decidido a mi. Lo único que atiné a hacer fue a cerrar los puños dentro de las bolsas de mi chamarra para recibirlo con un fuerte pu.tazo por si se abalanzaba sobre mi, mientras que sopesaba la comodidad de mis tenis para determinar qué tan cómodo sería emprender la huida después de ello.

El vago se encontraba a escasos tres metros de mi cuando sus ojos se posaron atrás de mi y se pusieron redondos como platos. Alcanzó a balbucear algo y emprendió la huida tan rápido que sin pensarlo mucho comprendí que debía comenzar a correr también. No pude hacerlo, un frío intenso recorrió mi espalda mientras mis pies se volvieron de plomo; permanecí ahí parado mientras el jadeo del animal comenzó a hacerse patente en mis oídos, un momento después mi pies recobraron su movilidad, pero antes en pensar en huir volteé hacia atrás. Ahí estaba nuevamente, inmutable mientras sacaba la lengua y escurría la saliva por su dentadura abierta. Sólo que está vez su aspecto era más tétrico; por estar en una callejuela obscura, su ojos brillaban a la luz de la escasa luna que había, seguramente todos ustedes han visto como brillan los ojos de los perros, los gatos y aún los de la vacas a la obscuridad de la noche, así brillaban los suyos.

Como su mirada era nuevamente apacible, continué mi camino a casa. Por segunda ocasión, sólo se separó de mi cuando abrí el zaguán de la casa, acto seguido, desapareció.

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Dejé de ver a mi “vigilante” canino durante un buen rato, pues a pesar de aventurarme a regresar a casa noche en más ocasiones ya no apareció, pero tampoco tuve percances con la inseguridad. Todo estaba bien cuando en una ocasión, durante una fiesta en mi casa, estaba tomando unas cervezas con otros amigos y mi hermano, varios años mayor. Ya saben que cuando los borrachos platican unas cosas llevan a otras y terminamos platicando de lo trasnochadores que eramos mi hermano y yo, y de lo idiotas que eramos por regresar a deshoras en la noche. En tono de chanza argumenté que yo no tenía broncas por ello pues tenía un “guarura” que me hacía el paro con los vagos. Los presentes me preguntaron por qué argumentaba ello y les platiqué mis dos experiencias con el perro; sin embargo noté que mi hermano borró la sonrisa en cuanto mencioné el tema, se revolvió incomodo en su propio asiento y escuchó la historia que le platiqué a los demás con mucho interés. Horas después, al toparlo sólo en la cocina, me abordó:

- ¿Fue en serio eso que platicaste del perro? - me preguntó.
- Claro –, al ver que se quedaba pensativo continué – Seguro es el perro de algún vecino que no duerme en las noches, y en buen pe.do pues le hace la valona a los desvelados –.
- Si, tal vez – aseguró - ¿Y cómo es? - preguntó finalmente.

Le dí la descripción exacta. Dirigió la mirada al vacío, bastante pensativo. Después sólo dijo: “A mi ese perro también me ha hecho el paro”.

Por algún motivo dijo eso sin convencimiento, cómo si le molestará hablar del asunto y más aún como si le molestará el haberlo vivido, me despeinó en tono cariñoso y se fue haciendo una mueca de enfado. “Pin.che borracho” fue lo único que pensé.

En 1998 entré a la universidad, mi vida se transformó en un completo desmadre pues no me tomaba en serio mi papel de estudiante. Era común que me dedicará a andar de briago con una bola de viciosos aún en días como el lunes o martes. Mi mayor estupidez fue dedicarme una semana completa a dilapidar el dinero de mis padres en puro chupe, no entré a ninguna clase. Como era de esperarse, el primer semestre lo pasé de panzazo. Para el segundo y tercero troné varias materias y seguramente hoy mi vida sería otra si no se hubiera interpuesto la huelga del 99.

Cuando comenzó la huelga, el primer mes de los nueve que duró me lo pasé en plena weba. Pero al segundo mi jefe - mi papá pues - vio que su hijo andaba por ahí sin oficio ni beneficio y me dijo: "Si no estás estudiando por lo menos búscate un trabajo, no quiero huevones en casa". Ante ello tuve que buscar algo. Trabajé de cargador en una bodega de material para banquetes y fiestas. Trabajé de chalan para el don que se encargaba de colocar las lonas para las fiestas, y finalmente, en una tienda de abarrotes en mi colonia. Todos los trabajos eran una autentica chin.ga, el único chido era el de la tienda pues llegaban un buen de chavitas que iban por el mandado y yo pues les tiraba "la onda", algunas caían; también me gustaba rebanar el jamón (no sé por qué). Aún así el horario de 8 de la mañana a 10 de la noche sin interrupción estaba ca.bron.

Así que cuando finalizó la huelga di gracias al cielo, a buda, o quien le corresponda y me volví a ir a la universidad, esta vez sí a estudiar y a darle duro a las materias. Todo el día lo pasaba en la facultad, así que esto me llevó a mi tercer y más cule.ro encuentro con mi "cuate", fue en el 2000, lo tengo bien presente.

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Después de escribirlo, he meditado mucho sobre mandar este post. Ahí va, si no quieren creer, tómenlo como simple y barata literatura.

La tercer vez que lo vi ocurrió así:

Nunca he visto llover en ninguna parte de la ciudad como lo hace en ciudad universitaria, caen unas tormentas del demonio, puede llover durante horas. Aquél día salí relativamente temprano, cerca de las 7 de la noche, pero al estar lloviendo y al prolongarse el aguacero por más de dos horas pude acercarme al metro hasta casi las nueve y media. Mi casa está a unas dos horas de C.U., así que esto no hubiera representado ningún problema si no hubiera sido por la tardanza del metro y porque, al final, la combi que me deja en la esquina de mi casa se descompuso dejándome a 35 o 40 minutos de caminata para llegar a mi destino.

Total que el transporte se averío, y mientras el chofer y su chalan se quedaron tratando de arreglar su bronca, los pasajeros nos fuimos en bola caminando rumbo al pueblo, no cabía la esperanza de que pasará otra pesera pues habíamos abordado la última del paradero. Íbamos todos en bola, algunos hasta platicando, pero poco a poco una u otra persona se desprendía de la "bolita" y se perdía en busca del cobijo de su propia casa en las calles aledañas, hasta que finalmente quedé yo solo, sobre la avenida principal. Esta calle ahora se llama Revolución (nada que ver con la avenida del D.F.), pero su nombre original era "Patos" (recordar bien, pues tiene que ver con el origen del perro).

Esta avenida de principal no tiene nada pues en esos años estaba bordeada por sendos baldíos, tetricamente obscuros, y sólo el débil y deficiente alumbrado público de la calle te hacía el paro. Serían como la 1 de la madrugada, iba preocupado caminando cuando la luz de las lamparas me dio chance de ver a lo lejos dos sujetos que caminaban en dirección contraria a la mía. "Espero que sean dos cristianos buen pe.do", pensé y proseguí.

No la voy a hacer cardíaca, ahí va toda la neta: cuando estuvieron a buena distancia de mi los dos sacaron navajas. "Ahora sí, ya te cargo la ch.ing.ada" gritó uno y se me abalanzó. Me lanzó la cuchillada y por pura fortuna y buenos reflejos la esquivé, volvió a lanzar otra y también alcancé a hacerme hacia atrás; el otro sujeto me empezó a rodear mientras me dijo: "no la hagas de pe.do batito, saca la lana y vete despidiendo del mundo".

Sólo escuché un gruñido, los dos weyes voltearon y gritaron. Uno salió corriendo y el otro no tuvo tiempo pues desde atrás de mi le llegó el perro que otras tantas veces me hizo el paro.

Acá es donde empieza la macabro.

Mi reacción inicial fue de sorpresa y alegría; el delincuente estaba tirado boca abajo y el perro bien encabritado le mordía las manos, el wey lanzaba gritos bien desesperados: "quitámelo, quitámelo", era lo que decía.

El otro wey se esfumó, los delincuentes son así, bien pin.ches cobardes, muy machos con sus pistolas y navajas hasta que las empiezan a ver duras, entonces no dudan en salir corriendo abandonando al compañero o en empezar a llorar como nenas. Eso último hacia el caído mientras el perro seguía sobre él.

El perro era una furia, no he visto a nada ni a nadie desma.drar a una persona como lo vi ahí. Me salió lo buen pe.do y corrí a tratar de quitárselo. Primero lo jalé de la cola, pero la zafaba y lo único que lograba era arrancarle pelo, luego, desesperadamente traté de jalarlo desde el lomo (ahí de donde se les jala y chillan), pero el perro volteó la cabeza y me tiró una mordida a la mano que alcancé a esquivar (no del todo pues me dejó una marca, una dentellada), volteó de nuevo sobre el wey tirado y lo siguió atizando a mordidas, cambiaba de una mano a otra del infeliz y también a su cara mordiendo sin tener ninguna piedad. En una de esas el tumbado interpuso su antebrazo y el perro lo pepenó sabroso: sólo alcancé a escuchar un tronido, seguramente un hueso pues el wey lanzó el alarido más espantoso que jamás haya oído. En este punto ya estaba bien asustado pero lo que vi después me asustó más.

Estábamos así en el forcejeo cuando el chavo alcanzó a pescar su navaja tirada en suelo con la mano suelta. Agarró vuelo y clavó, saco la punta y volvió a clavar, y así repetidamente. No hubo gemido, no hubo respuesta del perro salvo seguirlo mordiendo. Por más que el wey clavaba y clavaba su punta no pasó nada. Todo bañado en sangre, el sujeto abrió los ojos desmesuradamente. y me lanzó una mirada que me heló la sangre. Tampoco lo podía creer, no era posible que tras recibir tanto navajazo el perro siguiera inmutable desmadrán.dolo!!!!

Tomé mi mochila tirada en el suelo y corrí como nunca, como alma que lleva el diablo, ya no volteé hacia atrás. Sabía que ese perro era sobrenatural, por algo me protegía pero no me interesaba saberlo. No sabía si eso que dejé atrás era bueno o malo, sólo sabía que no era de este mundo.

Llegué corriendo a casa, entré rápidamente y azoté la puerta. Me quedé ahí parado, jadeando, chorreando sudor y con la marca en la mano de la dentellada del perro, ardiéndome. En ese instante comprendí la frase que mi hermano dijo tiempo atrás, y comprendí por qué la dijo triste y asustado:

"A mi ese perro también me ha hecho el paro"






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